A 34 años del drama atómico en Chernobyl: cómo fue el día que Europa estuvo en peligro

Chernobyl fue una catástrofe nuclear y ambiental sin precedentes. Liberó un poder radioactivo 500 veces superior al de la bomba atómica que se lanzó sobre Hiroshima, los burócratas de la entonces Unión Soviética pretendieron esconder y minimizar la tragedia, que alcanzó directamente a cinco millones de personas.

El jefe el Servicio de Emergencias de Ucrania, Mikola Chechotkin, rindió homenaje este domingo a los «liquidadores» del accidente de Chernobyl, al cumplirse 34 años de la tragedia nuclear. «Es nuestro deber sagrado recordar a todos los ‘liquidadores’ del accidente de Chernobyl, tanto a quienes partieron a la eternidad, como aquellos con quienes tenemos el honor de vivir y trabajar juntos», expresó.

El sábado 26 de abril de 1986, la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, hoy norte de Ucrania y en ese momento dominio de la URSS, lanzó hacia el cielo una nube de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, circonio y grafito, quinientas veces mayor que el histórico hongo sobre Hiroshima (agosto de 1945), nacimiento de la Era Atómica.

El Infierno en la Tierra, esa metáfora que tantas veces se usa con frivolidad para definir hasta el disturbio en una cancha de fútbol sucedió realmente y con dimensiones colosales.

Lo inmediato: en la planta murieron dos empleados, y otros veintinueve en los tres meses siguientes.

Sus cuerpos fueron sepultados en un enorme hoyo en la tierra. Sus féretros, luego de cerrados, fueron depositados en otros sarcófagos, pero de plomo, y cerrados con soldadura en todo su contorno, y por fin, la fantasmal tumba fue cubierta con toneladas de cemento…

A diferencia de los sarcófagos egipcios, cuyas fauces fueron abiertas tantas veces y exhibidos los embalsamados faraones…, el estremecedor osario de Chernobyl no debe ser abierto jamás: algunos de los venenos que contaminaron los cuerpos pueden durar ¡hasta veinticuatro mil años!. Las autoridades de la Unión Soviética ocultaron el espanto de la explosión del reactor 4 durante 18 días.

La explosión de Chernobyl –palabra que en ruso significa “Vida negra” (¡!)- sucedió en el reactor 4: un sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor que voló su tapa, de mil doscientas toneladas, y dejó escapar materiales que formaron una nube radiactiva que afectó, en distintas intensidades, a trece países de Europa central y oriental: Bielorrusia, Rusia, Ucrania, Escandinavia y gran parte del oeste de Europa.

Paradoja: el accidente se produjo durante una prueba de seguridad (reducción de potencia). Pero también por una serie de torpezas, impericias, reacciones tardías de los empleados, y en un momento fatal: el cambio de turno de una de las tres dotaciones, que no le dio tiempo al equipo nocturno, recién llegado, para reaccionar según el protocolo. Pero en realidad, la prueba de seguridad debía ser terminada por el primer turno, a la mañana, pero por desidia u otras razones nunca bien explicadas, el plan no fue cumplido, y la responsabilidad cayó sobre Alexander Akimov, jefe del último turno, y Leonid Toptunov, a cargo del régimen operacional del reactor, quien poco antes de morir por las atroces quemaduras dijo que había apretado el botón AZ-5 (Defensa de Emergencia rápida), pero fue demasiado tarde.

Día a día crecieron las letales consecuencias. Muy poco después de la explosión, mil personas sufrieron la mayor dosis de materia contaminante: muerte segura a corto o largo plazo. La onda expansiva afectó, también en distintos grados, a las seiscientas mil almas que trabajaron en la descontaminación, a las cuatrocientas mil que vivían en las áreas más cercanas al colapso del reactor, y no dejó indemnes a ninguno de los cinco millones que vivían en pueblos y barrios de la zona alcanzada por los tentáculos del veneno.

Además, junto con el accidente nuclear de Fukushima en Japón en el año 2011, es considerado como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (accidente mayor, nivel 7). También es incluido entre los grandes desastres medioambientales de la historia.

En total, 600 mil personas, entre trabajadores, bomberos, militares, mineros o personal sanitario, recibieron dosis de radiación por los trabajos de descontaminación posteriores al accidente. De los cuales más de 100.000 fallecieron en años posteriores a consecuencia de la exposición radiactiva. Además, se estima que más de cinco millones de personas vivieron en áreas contaminadas.

«El accidente de Chernobyl cambió radicalmente en cuestión de minutos el curso de la vida humana, prendió fuego al destino de millones de ucranianos y echó una pesada carga sobre los hombros de nuestro pueblo», afirmó Chechotkin.

Pero la tragedia padeció otro telón de fondo: la irresponsabilidad de los jerarcas del régimen soviético, que decidieron –como sucedió con todo cuanto ocurrió detrás de la Cortina de Hierro– ocultar el desastre. «Que el mundo no se entere», fue la ridícula consigna: antes de esa reunión a puertas herméticamente cerradas…, Suecia, Suiza e Inglaterra ya habían recibido claras señales de la explosión.

Héroe y antihéroe

Los grandes bonetes del Kremlin nombraron a Boris Shcherbin, viceprimer ministro –que ignoraba todo respecto de una central nuclear–, que no tardó en enfrentarse duramente con el físico de alto rango Valere Legasov.

Mientras desde los lujosos despachos de los súper burócratas se emitían, para el público, noticias de esperanza («Fue un pequeño incidente», «Nadie corre peligro», «Sigan tranquilos con sus vidas»), y algo peor: se negaron a evacuar a tiempo poblaciones directamente contaminadas para evitar el pánico –decisión criminal–, cuyos habitantes, con el correr del tiempo, sufrirán las clásica consecuencias de la radioactividad: cáncer, bebés nacidos con deformaciones, males pulmonares y hepáticos…

La durísima pulseada entre el físico Legasov y el ignorante títere Shcherbin, por fin, la ganó el primero. Pero también tarde. Una escuadrilla de helicópteros bombardeó el reactor, cuyo techo de grafito ardía sin cesar, con cargas de arena, arcilla, plomo, dolomita y boro. Pero muchos aparatos cayeron tragados por la columna de humo, y ninguna de las cargas dio en el blanco.

Los alrededores más cercanos de la central nuclear sufrieron una radiación de veinte mil roentgens por hora (¡dosis letal: cien por hora!), de modo que muchos habitantes recibieron dosis mortales en menos de un minuto. Otros héroes con riesgo de muerte: los bomberos. Gracias a ellos y a su denodado trabajo en las tres primeras horas del accidente, el fuego del reactor 4 no se extendió hasta toda la central nuclear.

Violando las regulaciones de seguridad, el techo del edificio del reactor 3 se construyó con una mezcla que incluyó bitumen, material altamente combustible: mientras los jerarcas seguían lanzando señales de «no pasa nada grave».

Al día de hoy, aun las causas del accidente son objeto de controversia. Existe un consenso general en que desde el día anterior se venía realizando una prueba que requería reducir la potencia, durante la cual se produjeron una serie de desequilibrios en el reactor 4 de esta central nuclear.

Estos desequilibrios desembocaron en el sobrecalentamiento descontrolado del reactor nuclear y en una o dos explosiones sucesivas, seguidas de un incendio generalizado, que expulsaron grandes cantidades de materiales radiactivos a la atmósfera, formando una nube radiactiva que se extendió por Europa y América del Norte. La cantidad de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, aleaciones de circonio y grafito expulsados, materiales radiactivos y/o tóxicos, se estimó que fue unas 500 veces mayor que la liberada por la bomba atómica arrojada en Hiroshima en 1945, causó la muerte de 31 personas en las siguientes dos semanas y llevó al Gobierno de la Unión Soviética a la evacuación de urgencia de 116 mil personas, provocando una alarma internacional al detectarse radiactividad en al menos 13 países de Europa central y oriental.

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